Una
vez más, el atrevido momento de encontrarla ha venido a dar fuerzas
inexplicables al latido acelerado de mi corazón. Le abordé entonces con mis
nervios destrozados y un infinito deseo de perderme en sus ojos y en toda la
locura que en mí despertaba su existencia.
Ella
no lo notaba, pero quizá tenía la sospecha, de todos modos lo importante en
aquel instante era sostener la secuencia de nuestros encuentros, que para
entonces era el segundo y no lo olvidaré; más que nada cuando escuchó la buena
noticia que tenía para ella. Cruzamos el saludo y la respiración, completamos
una pequeña soledad que rompí al decirle que tenía dos noticias, una mala y una
buena.
-
primero la mala, dijo sin pensarlo.
-
no he escrito el cuento, respondí. Y me miró así cómo extrañada, al tiempo que
me preguntaba el por qué.
-
no sé, he estado en ello y por alguna razón no avanzo del primer párrafo.
Hubo
luego un mínimo silencio y dijo;
-
bueno, ya lo escribirás. Y cuál es la buena noticia. Me preguntó.
Le
miré directo a los ojos y dije:
-
te escribí unos poemas. Y su rostro brilló elocuente, curioso, inquieto,
divino.
Dios!
Habría sido genial ahí mismo haberle declamado esas pequeñas letras que le
entregaría al día siguiente, de mi puño y letra en un papel. Habría sido
maravilloso decirle en ese momento que su pequeña sonrisa estaba despertando en
mi alto cielo no sé cuántas estrellas que se alineaban y escribían su nombre.
Me
miró como extrañada, yo intentaba comprender la sorpresa en su expresión.
Quería que el tiempo pasara lentamente, que los segundos fueran horas y las
horas se congelaran en un juego que incluyera su sonrisa frente a la mía. Y
algo así sucedió al día siguiente, porque nuevamente frente a Ye, le entregaba
uno de los poemas.
- Ye,
quiero dibujarte una sonrisa; dije. Decirte “gracias” y … me interrumpió
mientras su mirada iba y venía, su pupila parecía un arcoíris en vuelo
descendente.
-
daniel, soy yo quien dice gracias y es en verdad extraña la sonrisa que ahora
se dibuja en mi vida.
-
te volveré a ver? Le pregunté.
Me
miró sin mirarme, se acercó sin acercarse, estábamos sin estar, era como si en
definitiva nos conociéramos de siempre y sin embargo estuviéramos esperando que
algo nuevo pasara. Entonces su voz quebró el silencio que había dejado mi
pregunta.
-
viajo en dos semanas, y … no sé … tengo un largo camino por recorrer.
Vino
otro silencio, torpe como casi todos, para mí injusto; pero así estaban las
cosas. Ye anotó en un papel su nombre resumido, ahí podría hallarla, me lo dio
en medio de su mudez y yo di mi palabra de que la buscaría, que en otros poemas
ella estaba y que serían puentes para volverla a ver.
La
vi alejarse cruzando aquella puerta donde otras veces la vida se nos cruzó sin
sospecha de reunirnos. Mi corazón ahora latía sosegado y con una extraña
aprensión, doblegado en un espacio que ella hizo real.
Daniel Matute.
poema: AL CAER EL DÍA